
Nueve y dieciséis. Me levanté temprano y algo ansiosa, como adelantándomele al décimo día. A Eduardo también se le nota cierta ansiedad. Está listo, amaneció listo, parece haber estado listo desde siempre. Aunque la cita es en la tarde, Eduardo se vistió temprano y se sentó en el sofá, como a esperar que den las dos de la tarde ahí sentado. Dentro de unas horas me enfrentaré a mi destino. Siento que no puedo hacer otra cosa más que dejarme llevar, a ver qué sobreviene al final. Y no es que vaya a encogerme de hombros ante esta prueba, y ni mucho menos a desfallecer antes de escuchar un dictamen definitivo, sino más bien que siento un piloto interior guiarme y yo como que me dejo.
Me ha molestado la cabeza y la nuca. Es una presión que no cesa. Quizás es de tanto pensar. Sí. Porque aunque me deje llevar de mi guía interior, así sin oponer resistencia, lo único que no puedo evitar es la manía de pensar. ¿Qué pasará? No había pensado tanto en mis hijos como lo hice anoche, como lo hago ahora. Los niños han sufrido bastante. Me duele decirlo, pero en todo esto he sido un poco egoísta. Ya sé que yo soy la enferma, pero he pensado más en no querer morir, en mí, que en la falta que les haré a mis hijos de ocurrir lo peor. ¡De ocurrir lo peor! ¿Cuántas veces ha transitado esa frase por mi cabeza, cuántas veces la habré pronunciado en las últimas semanas?
El teléfono empieza a timbrar. “¿El teléfono empieza a timbrar?” ¿Quién será a esta hora? Fermín se levantó temprano, coló café y se sentó por unos minutos junto a Eduardo. Ahora está en su habitación. Mi suegro ha mantenido la misma actitud hacia mí: no me dirige la palabra, evita mirarme a la cara. No he logrado descifrar a qué se debe esa conducta. ¿Me alcanzará la vida para descubrirlo? Rubí aún duerme. Luminaria todavía no regresa de llevar a los niños a la escuela. Carlitos y Christopher entraron a la habitación antes de irse y me dieron un beso en la mejilla; Carlitos me deseó suerte. Pobre criatura. Se veía muy nervioso. Se preocupa mucho y ni siquiera se imagina la proporción de mi sufrimiento, la obstrucción oculta por la cual estoy transitando en estos momentos. “Gracias”, le dije, y los besé y abracé con gran fuerza a ambos; los tuve juntos entre mis brazos por un instante. Y luego, cuando se distanciaron, me sentí débil, desfallecida.
Escucho un ruido. Como un pequeño tropiezo seguido por chirridos. Salgo del cuarto y advierto que proviene de la cocina: se ha agarrado un ratón: Eduardo había comprado trampas adherentes y las colocó por toda la casa. “¿Quién habrá llamado? No dijeron nada. ¿Habrán llamado?” Veo a Eduardo tomar la trampa; hay un roedor pegado, haciendo movimientos frenéticos para escapar: pero no puede, su vida depende de la decisión de Eduardo, quien avanza y se mete al baño silenciosamente, con la trampa en la mano. Fermín sale de la habitación y se mueve hacia la sala. Desde allí ve el acto, parado como una estatua. “Parece que nadie contestó el teléfono.” Todo pasa como sujeto a cierta mecánica. Nadie habla, sólo nos miramos el uno al otro, entre tanto Eduardo avanza; ahora abre la llave de la bañera con la mano izquierda; en la derecha aún sostiene la trampa. El agua caliente cae a raudales, y mientras cae va calentándose más y más, hasta que el baño se vuelve un celaje brumoso por el vapor del agua hirviente. El roedor menea la cabeza de un lado a otro, exasperado, pero su cuerpo lo traiciona: está pegado al adhesivo de la trampa; parece ser su destino, no puede hacer nada para cambiarlo.
Me acerco más. Eduardo mira hacia atrás pero no dice nada. Aprovecho y me pongo prácticamente a su espalda. “¿Volverán a llamar?” Es pasmoso ver la obstinación y el miedo del roedor. Pienso que ese ratón tiene hijos, una vida, pero, ¿hasta cuándo? Qué absurdo. Me arremeten unas ganas de decirle a mi esposo que le perdone la vida, que lo deje ir; es como una desesperación irrefrenable. Pero permanezco en silencio, temo romper el mandato que a lo mejor se ha dictado. Eduardo ahora toma un recipiente y lo llena del agua que aún corre por la llave y cae contra la bañera. Me salpican unas gotas y se activan algunas neuronas en mi cerebro. Mi cerebro. Miro el reloj empañado por el vapor. “Las nueve y cuarenta y tres.” Faltan unas horas para mi cita; faltan unos minutos para el fallecimiento del roedor. ¡Cuánta agonía! Agonía en sus ojos, en los míos...
Eduardo ahora acerca la trampa hacia el inodoro. De la boca del ratón emana un fino hilo de sangre. Pienso en La Gorda, en sus palabras irritadas al verme con el pantalón rojo, “¿Quieres sangre? Pues verás la sangre; verás la sangre.” Y recuerdo sus gestos tardíos, grotescos; y otra vez sus palabras, “Ay, muchacha. Esperemos que San Gregorio meta su mano.” Los ojitos del ratón ostentan una desesperación capital. Eduardo le echa unos chorros del agua hirviente y al caer sobre el cuerpo pegado le arranca parte de sus pelos. Sus pelos. Pienso en mi cuerpo, consumido, macilento. El roedor ahora se dobla, abre la boca, mueve la cabeza buscando aire, clamando por su vida, mientras que su cuerpo sigue ahí pegado. Esos ojos, tan desesperados, “Pobrecita de ti, muchacha. Tienes los ojos más tristes que he visto en toda mi vida.”
Eduardo deja caer poco a poco toda el agua sobre el ratón y éste hace un último gesto, un último intento de salvación: en vano: la vida se le apaga y su cuerpo gotea como materia fecal dentro del inodoro, y todo ocurre frente a mis ojos ahora aguados y tristes, “Tienes los ojos más tristes que he visto en toda mi vida.” Todo acaba. Miro a mi esposo con desprecio. Una vida que luchó pero no pudo lograr su objetivo, se extinguió, el destino le cerró todas las puertas. ¡Cómo se niega la vida ante la muerte! En cualquier estado, ese es el caso. La desesperación a lo inexplorado, el miedo a lo inexorable. El horror. La lucha. Y otra vez la desesperación. Mi cuerpo macilento. La decadencia. La voz de Providencia, “Dentro de diez días te llegará una señal. Eso determinará todo.” Y el teléfono…
—Eduardo, ¿quién llamó hace un rato?
—¿Llamó? Nadie ha llamado, Natalia.
Me sentí rara tras su réplica, pero en ese momento repiqueteó el teléfono, como refutando el escepticismo de mi esposo. Me aferré al manubrio de la puerta del baño y sentí su frío penetrar mi piel. “Es para ti, Natalia”, dice Eduardo, y una ráfaga helada me golpea en la nuca. Tomo el teléfono, escucho una voz, no la reconozco al instante, y al rato lo dejo caer al suelo, con un malestar infame y repugnante en el estómago.
—¿Qué sucede, Natalia?
—Es Anita, Eduardo… La Gorda acaba de morir.
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...SE HA DICHO DE "EL DÉCIMO DÍA"
Rubén Sánchez Féliz, puntada a puntada, como si tejiera un sudario, narra en su novela "El décimo día", la historia de una familia que, ante la aparición de una posible enfermedad terminal en uno de sus miembros, se transfigura, rompe el armazón de que estaba hecha, y se deja arrastrar por la angustia y la desesperación. Con un estilo limpio, ameno, fluido, donde prima la descripción detallada, casi cinematográfica, Sánchez Féliz, a través de tres de los personajes, va creando y recreando en un universo visiblemente cotidiano, familiar, la historia de Natalia, Eduardo y los seres que rodean al matrimonio, logrando, capítulo a capítulo, que la angustia, el temor a lo que ha de venir, se conviertan en protagonistas. El autor utiliza al recurso del final abierto para dejar que el lector termine la novela, pero la abertura que deja con este evidente propósito es tan estrecha, que el lector apenas puede percibir la última descarga de la tensión soterrada que va transmitiendo la historia a lo largo de su cuerpo narrativo.
"El décimo día" es una novela corta, pero intensa, que hará que el lector la disfrute de principio a fin, con el nerviosismo del que huye de un porvenir adverso, bajo la sospecha de que al final sólo encontrará un callejón sin salida. Su prosa amena, libre de artilugios, mediante la cual un tema cotidiana alcanza categoría universal, le otorgan a esta novela los atributos de las obras trascendentales.
José Acosta, Escritor dominicano.
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El décimo día, de Rubén Sánchez Féliz, es una novela muy intensa (que) explora el interior de sus personajes y el efecto que en ellos causan los hechos que se relatan. Ágil y densa a un tiempo, con un eje argumental claro, la novela cuenta cómo unos personajes se ven inesperadamente arrancados de su modo de vida habitual y sufren los trastornos de ese cambio, que llegan a afectar los cimientos y la propia estructura del grupo familiar. El miedo a lo desconocido, la sombra amenazante de la muerte como agujero negro y el mundo de los sueños —con todo lo que tiene de reflejo, oráculo y revelación— son aquí elementos importantes. Las diversas voces narrativas —que responden a las percepciones del padre, la madre y uno de los hijos— nos aportan una visión tridimensional de los acontecimientos y le dan frescura al texto.
Ramón Codina, Crítico y novelista español.
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…También Natalia con ese dolor de cabeza terrible y esa mancha en el cerebro lograron cautivarme. Pero confieso que no fue el dolor de cabeza de Natalia lo que me amarró a la historia. Fue aquella narración, pulcra. Sencilla. Elegante. Moderna y audaz que emana entre las líneas de El décimo día, lo que me hizo acabar de amanecer en velas sin apenas darme cuenta. Rubén traspasa lo real a su novela escogiendo detalles significativos y que llenan de precisión y claridad su obra. Una vez que la empecé, ya no pude abandonarla. Mientras leía sin poder desviarla la atención del tormento de Eduardo, pensé una novela que había leído y que de algún modo, esta historia me recordaba. Animal moribundo, del gran escritor norteamericano candidato al Nobel, Philip Roth.
Minelys Sánchez, novelista dominicana.